
Se cree que la inoculación (introducir en el organismo gérmenes de otra enfermedad para protegelo de futuras dolencias) nació en Asia unos dos sigles antes del nacimiento de Cristo. En China se recogían pequeñas muestras de las costras de las personas que sufrían tipos leves de viruela. Se molían y el polvo se introducía por la nariz para que les inmunizara contra esta enfermedad.
La aristócrata y viajera Lady Mary Wortley Montague informó en 1718 de que los turcos se inoculaban a sí mismos con fluidos obtenidos de cepas leves de viruela. De hecho, ella inmunizó a sus hijos mediante esta técnica.
A finales del s. XVIII, cuando esta dolencia estaba muy extendida por Europa, un médico rural inglés, Edward Jenner, observó que algunas recolectadoras de leche se contagiaban por una especie de viruela vacuna (más leve que el brote humano). Una vez infectadas, eran inmunes a la cepa común, que sí era mortal. Entonces, Jenner tomó una muestra de fluido de una res infectada y se la inyectó a James Phipps, un niño de ocho años, que durante algunos días estuvo enfermo. Casi dos meses despuésle infectó con el virus común. El pequeño James no mostró ningún síntoma de la enfermedad.
Louis Pasteur, nacido en 1822, se ocupó de extender la inoculación a otras patologías (la rabia, la enfermedad del ántrax). Además, él sostenía que era más efectivo vacunar con el mismo tipo de virus pero debilitado que con una cepa similar pero no idéntica. Por otro lado, llegó a la conclusión de que los virus también se podían obtener a través de experimentos en un laboratorio.


















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