Doulas

El mal menor

Hace poco hablaba con una amiga sobre las diferentes técnicas de manejo o alivio del dolor en el parto. Este es un tema de conversación muy recurrente entre las mujeres que creemos en la naturaleza como guía del parto, puesto que el dolor es uno de los mayores argumentos que se exponen para intervenir de un modo u otro en un parto.

Y, desde la posición de quienes creemos en el parto como algo natural, no se trata de decir que el parto no duele aunque haya un porcentaje de mujeres que aseguran que no han sentido dolor intenso o que incluso han sentido placer en la llegada de sus bebés. No se trata tampoco de demonizar las intervenciones que las mujeres deciden libremente tras haberse informado de todos los inconvenientes y ventajas de aquello que eligen, bien sea analgesia o parto sin ella. Pero tampoco podemos olvidar que si el parto duele es por motivos físicos, psicológicos y emocionales. No sólo porque un bebé haya de llegar al mundo a través del cuerpo de su madre.

El dolor como patología

Efectivamente el dolor en la actualidad está absolutamente identificado con la patología y, en ese sentido, quizás deberíamos arrancar la palabra “dolor” del proceso absolutamente fisiológico que supone un parto. Tal vez deberíamos comenzar por desterrar esa palabra de nuestro vocabulario al referirnos a los partos puesto que, de algún modo, los incluimos en la categoría de patologías al vincularlos al dolor. Y es que la reacción inmediata de una persona cuando tiene un dolor del tipo que sea es utilizar el fármaco o la técnica necesaria para aliviarlo y, acto seguido, buscar el mal en el que se origina tal molestia y eliminarlo o hacer que finalice cuanto antes. Pero el parto, el nacimiento de nuestro bebé, no es un mal. Es un momento de poder, de amor, de entrega, de generosidad, de plenitud. El mayor de nuestra vida si somos madres.


El dolor siempre ha existido. Siempre se ha hablado de ese dolor del parto y, aunque sea un dolor no patológico, siempre se ha intentado aliviar aunque en muchas culturas se ha aceptado como algo perfectamente natural. Se ha aliviado con masajes, con cantos, con movimiento, con tratamientos naturales, con calor localizado… cada momento de nuestra historia y cada cultura ha tenido sus propias herramientas para hacerlo.
Y la herramienta por excelencia en nuestro momento y nuestra cultura es la epidural.

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Antender bien el parto

No queriendo entrar en analizar el método en sí ni entrar en si realmente es el más idóneo, sí que tenemos que reconocer que es la estrella de la “buena atención al parto” en los hospitales. Un hospital que no cuenta con anestesistas que administren epidurales en los partos es un hospital con un catálogo de servicios pobre y con una calidad de atención al paciente igualmente pobre. Así es como se ve desde la sociedad actual. ¿Por qué? Porque el dolor es malo, es síntoma de que algo no va bien. Y hemos de utilizar todos los medios a nuestro alcance para eliminarlo. Y, si estamos en un hospital, estos medios han de ser farmacológicos según la visión y la definición actual de la atención hospitalaria que sostiene nuestra sociedad como adecuada.


A menudo escuchamos a mujeres que basan la elección del hospital en el que darán a luz en el hecho de si la epidural está disponible las 24 horas o no.  Precisamente porque es un indicador de “buena calidad asistencial” a las embarazadas.

El dolor no es una enfermedad

Entonces, en este punto de consciencia colectiva, ¿cómo podemos reprochar a las mujeres que deseen quitarse ese dolor?¿cómo podemos pedirles que se hagan responsables de ese dolor y de aprender a manejarlo con las técnicas que mejor les vengan? Si todo el mundo les dice que es terrible, que es inaguantable, que no tienen por qué pasar por él si sólo se ponen la epidural… Si el dolor es sinónimo de enfermedad, ¿cómo les pedimos que no lo teman?¿Cómo les pedimos que no “naveguen” en contra de sus contracciones?¿Tenemos derecho a decir a una mujer que debía haberse preparado antes y que ahora ha de aguantarse?¿Está eligiendo libremente esa mujer que llega al parto no queriendo epidural pero no habiendo trabajado todo lo que significa el dolor cultural y emocionalmente?


Cuando un piloto de motos profesional corre a 200 kms por hora en un circuito sabe que puede caerse y hacerse daño. Sabe que un día u otro llegará ese momento y que le dolerá. Que a todos les ocurre. Ha elegido conscientemente correr ese riesgo sabiendo que llegará el día en el que le dolerá. Y no por ello cuando se cae y se hace daño le decimos que debería haberse preparado para ese dolor que iba a sufrir. No. Decimos desde el sofá de nuestra casa “pobre, ¡qué cara de dolor! Se ha debido hacer mucho daño”. Sentimos compasión por el sufrimiento de ese piloto que vemos con cara de haberse roto 10 huesos.
Entonces cómo a nuestras congéneres les podemos decir que se aguanten. Que no hay opciones. Existen aparatos, técnicas, terapias… Y sí, algunas pueden ser “el mal menor” porque las sensaciones y efectos que producen pueden no ser lo ideal en un parto, pero también porque sí existe un mal menor cuando se trata del sufrimiento. Y si una mujer que ha elegido no administrarse epidural sufre en su parto, sufre de verdad, se angustia, se bloquea, se pierde en el mar de sensaciones negativas que puede arrastrarla si no se entrega en su parto… ¿qué debe hacer? ¿Y nosotros? ¿La dejamos en su tormenta o dejamos de juzgarla por elegir el mal menor y apoyamos su decisión sea cual fuere? Si hacemos lo primero, elegimos quitarle su parto de algún modo a esa mujer, presionarla para que haga lo que nosotros esperamos de ella, ejercemos la tiranía del “poderoso”, del que no está viviendo ese parto, sino que está en el exterior. Juzgando, valorando, opinando… Dominando.


No olvidemos que el dolor siempre ha existido, las mujeres siempre lo han manejado de un modo u otro, las técnicas siempre han estado ahí (evolucionando, pero sin perder la esencia)y que ninguna de nosotras podemos juzgar el parto de otra mujer. Es su parto, su vivencia, su carga emocional y psicológica por sus experiencias vitales previas, su educación, sus conocimientos… nada de ello es nuestro. Así que no podemos decidir por ella ni juzgar lo que decida aunque sepamos que en la teoría no es lo mejor.