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Cesárea: ¿condena o vivencia?

Todos hemos oído y dicho alguna vez eso de: “depende del color del cristal con el que se mire” cuando nos hemos referido a alguna situación sobre la cual la visión puede ser variable en función de quién la analice. Así lo que para algunos puede ser una condena fatal que les marque de modo negativo en su futuro, para otros es una vivencia de la que aprenderán en el momento que les corresponda.

Algo así ocurre con las cesáreas. Cada año se realizan en nuestro país miles de ellas para traer al mundo a otros tantos niños. En muchos casos la necesidad impera debido a motivos médicos incontestables. Pero en otros los motivos que propician que un bebé llegue a los brazos de su madre a través de una intervención de cirugía mayor en lugar de hacerlo a través de un parto vaginal poco o nada tienen que ver con la preservación de la integridad física de mamá y/o bebé.

Sean cuales sean los motivos y justificaciones que se dan en cada caso, lo más habitual es que la cesárea sea algo traumático para mamá y bebé y que suponga una “condena” a una nueva cesárea en los siguientes partos que esa mujer pueda tener.

Y hablo de algo traumático para mamá porque lo es. Comenzando por el instinto primario de reproducción que nuestra especie tiene y para el que nuestro cuerpo está preparado. Rompemos con esa función fisiológica, privamos a nuestro cuerpo de llevarla a cabo. Privamos a nuestro cuerpo del equilibrio hormonal que desencadena en un comportamiento emocional que nos hace reconocer a nuestro bebé y amarle desde el primer instante. Y esto puede causar, en ocasiones, un comportamiento de desapego inicial o incluso permanente hacia su bebé. Es algo a lo que muchas mujeres han hecho referencia.

¿Y para el bebé? ¿Es realmente, como se suele decir, menos traumático para los bebés llegar sin pasar por el canal de parto? Nadie en su sano juicio puede negar que el paso por el canal de parto sea una experiencia estresante. Pero la naturaleza no hace nada al azar. Nuestros bebés nacen tan inmaduros para poder pasar precisamente por el canal de parto. En él, conectados aún a sus madres, se benefician del torrente hormonal que reciben de ellas para iniciar su vida en el exterior. Continúan recibiendo oxígeno a través del cordón umbilical hasta estar preparados para respirar con sus propios pulmones, que van vaciando gracias a los “empujones” que sufren en su salida por vía vaginal, además de ir siendo estimulados enérgicamente gracias a ellos también.

Cuando pasamos por un momento traumático cada uno tenemos nuestros mecanismos de defensa, nuestras herramientas para recomponer aquello que cambia o se rompe en nuestro interior. Y estas herramientas dependen de muchos factores. Por eso no es extraño que, ante situaciones similares, dos personas reaccionen de modo muy distinto.

En el tema que nos ocupa (las cesáreas) aquellas mujeres que se sienten traumatizadas por la experiencia (que no son todas ni mucho menos) también reaccionan de modo distinto. Así encontramos mujeres que aceptan la condena de recibir al resto de sus hijos del mismo modo y tratan de asumir que esto será así para permitirse tener más hijos. Y también encontramos mujeres que deciden que las cosas no han de ser así, que quizás haya otras opciones e investigan. Buscan respuestas a sus preguntas, se revelan ante lo que ellas consideran un castigo. Y en ocasiones lo consiguen, consiguen el parto que deseaban para su siguiente bebé.

Efectivamente, se trata de una condena injusta. Hoy en día se conoce de sobra el hecho de que un parto vaginal después de una e incluso dos cesáreas tiene menos riesgos para mamá y bebé que una nueva cesárea. Entonces, ¿por qué se sigue dando la sentencia condenatoria a las mujeres tras su primera cesárea? ¿Se trata quizás de miedo ante lo que pueda ocurrir en el parto?¿Se trata de continuar estandarizando a las personas y sus nacimientos?¿Se trata de querer controlar y definir las rutinas aplicables en cada caso para comodidad de nuestro sistema sanitario?¿Es tal vez el afán de no perder protagonismo frente a una función fisiológica que la mujer puede llevar a cabo sin intervenciones si todo transcurre de modo normal?¿A qué le tenemos miedo?¿Qué nos impide asumir el papel protagonista de las mujeres en sus partos?¿Qué nos impide entregarles las decisiones sobre su cuerpo?

Todas las mujeres que han sentido su cesárea como un trauma físico y/o psicológico deben buscar su propio camino. Tal vez les lleve a una nueva cesárea, a no repetir experiencia en la maternidad y decidir no tener más hijos o a un parto vaginal como el que deseaban. Pero cada una buscará respuestas a sus propias preguntas, herramientas que les ayuden a curar sus heridas y personas que estén a su lado en ese proceso de curación. ¿Estará nuestra sociedad a la altura?

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