Doulas

El miedo al dolor del parto

Una de las cuestiones más nombradas por la mayor parte de las mujeres cuando están embarazadas (sobre todo en el caso de primeros embarazos) es el miedo al dolor en el parto. Cada día aparecen muchas consultas de este tipo en los foros que tratan sobre temas maternales y en las consultas de los profesionales de la maternidad, incluidas las de las Doulas.

Aparecen tanto, de hecho, que uno puede pensar que este miedo es innato al estado de la embarazada. Que realmente es una parte más de las fases por las que la embarazada pasa durante la espera de su bebé. Y sería realmente cómodo como sociedad, como profesionales y como mujeres pensar eso porque descargaría de toda culpa a todos los que no sean la mamá y sus hormonas.

Pero ¿somos realistas al decir que el miedo al dolor en el parto es algo inherente al embarazo? ¿Estamos seguros de que la sociedad y los profesionales de la maternidad no tenemos nada que ver en ello? ¿No influimos en modo alguno?

Si repasamos la historia de la maternidad (no hablamos de los últimos 50 años, sino de un periodo muchísimo más largo) encontraremos que ese miedo al dolor es algo relativamente reciente.

“Parirás con dolor”. Es una sentencia, una condena, un castigo que resuena en nuestros oídos y que, hasta hace relativamente poco en la historia de la humanidad, se convertía en algo que parecía menos castigo porque era lo considerado normal. Las mujeres contaban a otras mujeres sus partos como algo natural, prácticamente no nombraban el dolor e incluso referían partos en los que apenas existía, aunque sí podían hablar de una experiencia trabajosa o dura, no hablaban de ello como un trauma. Seguramente esto se debe a muchos factores: desde las posturas en el momento del parto (nos tumbamos para parir en litotomía, que dificulta la salida del bebé entre otras cosas, desde hace relativamente poco), el conocimiento ancestral que tenían las mujeres sobre ese momento que hacía que lo vieran como algo natural (incluidas en muchas ocasiones experiencias vivenciales de los partos de familiares o vecinas)…

El asumir el dolor como parte intrínseca del parto hacía que no lucharan contra él. Se trataba de un dolor normal, de felicidad, que indicaba que el bebé estaba llegando. Más relajadas en ese sentido, sintiéndose menos atacadas por su propio cuerpo, las mujeres dejaban que el parto sucediera de un modo mucho más natural, menos traumático. Dejándose llevar por lo que su cuerpo pedía que hicieran en cada momento, por su instinto de supervivencia. Así, sin lucha, sin tensión contra lo que ocurría en su cuerpo, el dolor era menor o se llevaba de mejor modo.

Pero entonces llegó el momento que debía llegar: el ser humano quería dominar no sólo el momento en el que moría, sino también el momento en el que nacía. Tenía que existir un modo más  “racional” de nacer, más controlado. Había que enseñarles a las mujeres un mejor modo para dar a luz, puesto que ellas no sabían traer al mundo a sus hijos adecuadamente.

En ese momento los partos empezaron a ser dirigidos, cada vez más. Con la sana intención inicial de disminuir la mortalidad materno infantil, los partos han ido siendo cada vez más controlados, manipulados y alejados del instinto primario de la mujer. De este modo, la percepción del parto como lo que es (un proceso fisiológico)se fue diluyendo en la consciencia colectiva femenina.

El parto se convertía en un suplicio que había que pasar para tener a nuestros hijos con nosotras. Para ser madres al fin. Un trámite que, llegados a este punto, se veía ya como algo lleno de gritos, sangre, dolor, nervios… Dejó de ser un rito de celebración de la vida para convertirse en una especie de película de terror. Así que la ciencia inventó la anestesia epidural. Para solucionar un problema que tal vez la propia ciencia por un enfoque parcial o confuso había creado.

Pero esta anestesia se convirtió popularmente en la “salvadora” de las mujeres. Ahora a todas las que no quieren anestesia se les suele decir eso de: “pues sí que tienes ganas de pasar dolor para nada!”. Pero si esto mismo se dijera hace un par de siglos la respuesta de las mujeres sería una mirada perpleja porque ellas sabían que ese dolor sí tenía sentido, sí tenía un fin. No era un síntoma de enfermedad o muerte, sino de vida y salud.

Y todos: mujeres, sociedad y profesionales hemos permitido que esta película de terror en la que se ha convertido el parto se desarrolle en las mentes de las mujeres. Así que todos somos culpables del miedo de cada mujer. De su tensión cuando piensan en que pasarán dolores en el parto, de sus posibles deseos de no pasar por un parto para no pasar dolor, de sus temores a no ser capaces de resistirlo… Somos culpables de ello. Pero nos preguntamos: ¿haremos algo al respecto o dejaremos que las mujeres sigan viviendo instaladas en ese miedo al dolor del parto?

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