Caer en nuestra propia trampa

Cada día l@s profesionales de la maternidad lo vemos. Mujeres que llegan a nosotras diciendo que se sienten solas, que se sienten raras ante el resto del mundo, que sienten que les ocurren cosas que nunca han escuchado al resto de las mujeres, que sienten impulsos y emociones que las hacen sentir culpables, las hacen sentir como si estuvieran locas, como si fueran seres extraños que hay que curar de algún modo para que vuelvan a ser como el resto.

A veces ocurre en el embarazo. En ocasiones las mujeres no se sienten felices como se espera que estén, sino preocupadas, llenas de miedos o incluso tristes y ansiosas. Incluso en los embarazos que han sido buscados y deseados. Incluso en las mujeres en las que su vida parece algo ideal, puede sentirse cualquiera de estas emociones que las alejan del sentimiento de felicidad. Las alejan de la sensación de “caminar sobre las nubes” que la sociedad supone que debe vivir una embarazada a lo largo de la espera del momento de encontrarse con su bebé.

En otros momentos es en el posparto. Incluso con partos “ideales”, con lactancias exitosas desde el primer minuto, sin separaciones mamá-bebé… Incluso con entornos que apoyan a la mamá, que ayudan a que pueda dedicarse exclusivamente al bebé el tiempo que ambos precisen. Incluso así hay mujeres que se sienten mal. Que se sienten defraudadas con alguna de las partes de la experiencia maternal, o que tienen sentimientos que no esperaban tener, o que se sienten superadas, o se ven mal físicamente, o, simplemente, nada es lo que esperaban.

Todo eso ocurre en la intimidad de las casas de estas mujeres. Muchas veces los bebés son los únicos testigos de esos momentos porque ellas ni se atreven a contarle a sus parejas que “esto  no es lo que esperaba”. Y esos bebés son testigos que no saben contarlo… o, mejor dicho,saben contarlo sólo para quienes de verdad quieren escucharlo.

Estas mujeres salen a la calle con sus bebés, reciben las visitas de otras mujeres que ya han sido madres, van a las revisiones posparto, hablan con sus amigas por teléfono… Y todas estar relaciones sociales las viven con la losa que supone sentirse mal del modo que sea y sentirse aún peor por ser las únicas a las que les pasa… Y lo viven en silencio…

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Grupos de apoyo

¿Pero qué ocurre si a varias mujeres que han sido madres las reúnes en una sala y comienzas a contar todo lo que es normal vivir y sentir pero sobre lo que no se habla normalmente? Esto es algo que, por ejemplo, ocurre en un grupo de apoyo. El efecto es inmediato y clarísimo. Todas comienzan a contar emociones, vivencias y experiencias similares. Todas se miran unas a otras identificándose entre ellas, sintiéndose aliviadas por no ser las únicas a las que les ha ocurrido. Dejando de sentirse en una jaula de silencio y culpabilidad. Abriendo su realidad al mundo para que las demás mujeres vean que es algo que ocurre, que es real, que no es extraño…

Pero hasta ese momento en el que comienza la catarsis del grupo, la apertura de todas esas cajas donde se escondían los sentimientos que la sociedad no nos deja mostrar, la mujeres han vivido en su propia trampa, en su propia celda de aislamiento. No hablando, no contando lo que les ocurre se han ido cerrando uno tras otro los cerrojos de su cárcel y se los han ido cerrando al resto de las mujeres. Nos los hemos ido cerrando entre todas.

Dejar el silencio atrás

Por eso la honestidad sobre lo que sentimos es no sólo buena para nosotras como individuos, sino para las mujeres en general y para la sociedad. Es buena para poder nombrar lo que nos ocurre, para poder reconocerlo, para poder ver que no es nada extraño y para poder vivirlo e integrarlo.

Por eso deberíamos empezar a abrir esos cerrojos, a salir de nuestras celdas… Por ti, por nosotras… por todas. Gira la llave y abre la caja.